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viernes, 30 septiembre 2022

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El Perfume, de Patrick Süskind

El Perfume transcurre en el siglo XVIII en el país más poblado de Europa. Más de 20 millones de franceses se hacinan en sus ciudades y campos en condiciones insalubres, con un continuo y nauseabundo olor rondando sus pituitarias, suciedad por todas partes, enfermos muertos en plena calle, humo y griterío por doquier, y una absoluta falta de canalizaciones y agua corriente.

Ninguna ciudad de Francia se libraba de la inmundicia, pero en París esta situación llegaba a su culmen. En la antigüedad, los hombres eran más conscientes de la limpieza, pero ni la ciudad a orillas del Sena ni el Rey Luis XV se libraban del hedor. Cuentan los relatos de la época que incluso las clases pudientes no tenían una costumbre higiénica generalizada, y sus cuerpos apenas rozaban el agua y el jabón dos veces al año, y por prescripción facultativa.

Francia aun lejos de la Revolución Francesa

23La economía del país, lejos aún de la Revolución Francesa de finales de siglo que marcaría el inicio de la Edad Contemporánea con el alzamiento de la Bastilla, se basaba en 1738 en la agricultura y el comercio, siendo las artesanías la clave de todo el entramado social. La falta de higiene del Rey y sus cortesanos les obligaba a consumir abundantes perfumes durante sus frecuentes fiestas palaciegas para esconder sus repugnantes efluvios, en especial agua de olor compuesta a medida. Los perfumistas empezaron a cobrar importancia poco a poco, debido a las necesidades de la época, y pasaron de ser simples artesanos a convertirse en industriales respetados.

Y precisamente, dentro de París, el paraíso del hedor, había un lugar que era aún peor que el resto: el Cementerio de los Inocentes (Cimetière des Innocents). Situado entre la Rue aux Fers y la Rue de la Ferronerie, durante 800 años había sido el destino de los fallecidos del Hospital Hôtel Dieu y de las parroquias aledañas, y allí se acumulaban los restos de millones de parisinos. Y fue aquí, y en ningún otro sitio, donde en el mencionado año de gracia de 1738 nació Jean-Baptiste Grenouille, nuestro protagonista, en uno de los días más calurosos del año.

Su madre, que intentó acabar con él en el parto, fue detenida por las autoridades mientras daba a luz en el mercado donde trabajaba despachando pescado, juzgada y condenada a morir decapitada. Pero Grenouille sobrevivió, entregado a una nodriza de oficio. Pasó de cuidadora a cuidadora (ninguna quería conservarlo durante demasiado tiempo) hasta que el oficial de policía La Fosse tuvo que entregarlo a una institución religiosa, a cuyas expensas se crió el niño.

Lo destinan a otra nodriza, que lo devuelve padre Terrier porque, según afirma, el niño es demasiado voraz, y se ve imposibilitada de amamantarlo. Pero más aún, según ella, el niño “está poseído por el demonio”. Según la nodriza, Grenouille carece de olor, no desprende el aroma que suelen exhalar los niños humanos.

El padre, sin una pizca de sentido paternal por niño alguno pero espantado por Grenouille, envía al pequeño a madame Gaillard, que regenta una casa de hospedaje para pequeños sin hogar, tras asegurarle la manutención. La mujer no siente absolutamente nada, ni en el plano afectivo y en el físico, merced a un golpe en la frente que le propinó su padre cuando era pequeña.

El protagonista de El Perfume: Grenouille

El infante Grenouille, que asusta y repugna a todos por su falta de olor, quizá no hubiera sobrevivido sin esta afortunada circunstancia… Gaillard criará a Jean-Baptiste como un niño más de la hospedería, entre el pavor de sus compañeros, que no quieren ni tocarlo siquiera. Intentaron asesinarlo numerosas veces, pero con el tiempo se convencieron de que Grenouille era indestructible y lo dejaron en paz. Apenas hablaba ni se relacionaba con nadie… pero comenzó a oler el mundo.

De ninguna otra forma se relacionó tanto Grenouille con su entorno como con el olor que los objetos y personas desprendían. Antes que por las palabras, el niño comenzó a designar todo cuanto veía a través de los efluvios que desprendían las cosas, mientras que los conceptos abstractos eran todo un misterio para él. No entendía de justicia, ni de amor, ni de amistad… sino de clases de olor. Ignoraba cualquier relación con sus semejantes, pero ya a los seis años había retenido y catalogado todos los olores de la hospedería.

Niñez de Grenouille

A los ocho años, se interrumpió el pago de su manutención, y Gaillard le llevó al taller curtidor regentado por un tal Grimal. Debido a las sustancias tóxicas que se utilizaban en este tipo de establecimientos, la esperanza de vida del aprendiz Grenouille no era precisamente alta. Sin embargo, pese al rudo trabajo, la escasa comida, la humedad y las enfermedades que desarrolló, Jean-Baptiste pudo sobrevivir, como lo haría constantemente en cualquier entorno hostil. Cayó enfermo de antrax, propia de los curtidores y a menudo mortal, pero la venció y desarrolló inmunidad contra ella, por lo que su amo decidió darle mejores condiciones de vida, y más tiempo libre, que aprovechó Jean-Baptiste para conocer más a fondo la ciudad y sus efluvios.

Un día, hastiado ya de los habituales olores parisinos, Grenouille captó de entre la marabunta olfativa de la capital francesa, un nuevo y maravilloso aroma. Por primera vez, su corazón sufría por no poder poseer y catalogar un olor, y se dirigió al otro lado del río, de donde provenía éste.

Cada vez más excitado e incapaz de dominarse, perdió su rastro un par de veces y volvió a recuperarlo… y por fin encontró su origen: una preciosa chica de 13 ó 14 años, que pelaba ciruelas sentada a una mesa. Sobrecogido y confundido, apreció el sutil y embriagador aroma de la muchacha e intentó hallar su composición, pero lo que realmente deseaba era poseerla, mantener en su poder su poderoso y seductor perfume. Grenouille, ebrio de su olor, sin siquiera mirarla, con los ojos cerrados, rodeó con sus manos el cuello de la muchacha y la asesinó, buscando no perderse nada de su fragancia, olfateándola más tarde por todos los rincones de su cuerpo. Grenouille cometió entonces su primer asesinato, pero no el último.

Permufistas de Paris

En París, como ya hemos dicho, medraban poco a poco los perfumistas, y uno de ellos, de más tradición que prosperidad, era Giuseppe Baldini, que trabajaba en un edificio a orillas del río, en un taller de su propiedad. Era un creador de perfumes, al menos de cara a la galería, ya que su pasado éxito se basó en una fragancia sutil que en realidad él no había inventado. Pero interiormente, Baldini asumía su fracaso. Pese a las enormes existencias de materias olfativas de sus estantes, no lograba hacer ni una sola mezcla original, y el único perfume que vendía estaba compuesto por la fragancia de éxito de su mayor competidor, Pélissier, mezclada con unos ligeros toques y cambios. Admitía su fracaso, y ese era su peor dolor.

Grimal proporcionaba a Baldini pieles y cueros, que tras curtir, enviaba al taller del perfumista. En uno de estos envíos, Grenouille se presentó en el taller de Baldini, y se maravilló de todas las sustancias que se encontraban allí. De pronto, despertó en él el deseo de aprender la mezcla de perfumes y se marcó como objetivo trabajar para Baldini. Y nada mejor que impresionarle para conseguirlo.

El perfumista buscaba encontrar la composición del último perfume de su competidor, llamado Amor y Psique, y lo intentó durante días, pero fue Grenouille quien le dio la composición en pocos segundos. No solo eso, reprodujo la fórmula de su peor enemigo sin inmutarse. Maravillado, Baldini adoptó al chico como su aprendiz.

Grenoille aprendió en el taller de Baldini como mezclar sustancias, y sobre todo, como extraer olores de casi cualquier sustancia e interpretar fórmulas escritas. Para él creó perfumes que llenaron el mercado y le reportaron miles de francos; cualquier sustancia que producía se convertía en un éxito instantáneo: esencias que, si bien para el público eran perfumes extraordinarios, para Grenouille, dotado de un sentido olfativo increíblemente preciso, no pasaban de ser aromas estéticamente correctos. Sin embargo, mientras creaba lo que para él eran perfumes mediocres, su técnica en destilación mejoraba cada día, hasta que consiguió ser un especialista. Su último objetivo era destilar el olor de un cuerpo vivo.

Intentó, utilizando agua y alcohol, destilar los olores más inverosímiles: vidrio, metal, arcilla,… pero su objetivo seguía lejos. Pese a los numerosos intentos, no pudo conseguir el olor de ninguna sustancia orgánica mediante este método. Deseperado, cayó gravemente enfermo. Durante su convalecencia, y cuando parecía que iba a morir, Grenouille le preguntó a Baldini si, aparte de la destilación o el prensado, existían más métodos para capturar esencias. Tras la respuesta afirmativa del perfumista, que le explicó los tres métodos tradicionales basados en la impregnación de la cera, Jean-Baptiste fue recuperándose poco a poco hasta restablecerse. Ahora tenía de nuevo ganas de vivir… su objetivo estaba más cerca.

Grenouille ya dominaba cuando dejó el taller de Baldini las técnicas que le permitirían capturar el olor de las sustancias vivas. Sin remordimientos, dotado de un gran poder y un sentido olfativo agudizado que le permitía leer en el corazón de los hombres y mujeres, se encamina hacia su destino: crear el perfume más bello que pueda destilarse a partir de la belleza. Nada detendrá a Grenuille…

El Perfume: historia de un asesino

El Perfume: historia de un asesino, publicado en 1985, traducida a más de veinte idiomas, supuso el primer y único gran éxito editorial de su autor, el alemán Patrick Süskind, quien actualmente vive recluído en su ciudad natal, Ambach, junto al lago Starnberger. Pese a que, tras esta novela publicó otras dos, tituladas El contrabajo y La Paloma, que tuvieron razonables buenas críticas y no se vendieron mal, el fenómeno literario que se produjo con El Perfume no volvió a darse. Süskind se sumergió en un silencio editorial que aún dura, incluso en su país su estela se ha apagado del todo.

El impacto que en su día tuvo El Perfume no fue consecuencia de una orquestada maniobra editorial, sino un merecido éxito derivado del excepcional modo narrativo y documental de Süskind, que convierte a su novela en imprescindible lectura.

Grenouille es el símbolo mismo de la ambición sin límites ni moral. Nacido con una peculiaridad física que sitúa su percepción a un nivel distinto del resto de mortales, crece sin referencias afectivas de ningún tipo, ni padre, ni madre, ni compañeros… su conciencia social jamás se desarrollará, pero aprenderá a suplir sus carencias inventándose su propio modo de capturar la realidad.

Su única ambición consiste en la creación del perfume final, de la perfección olfativa. Y este objetivo, que pudiera parecer creativo, se torna destructivo a la postre, ya que para construir su sueño, Grenoiulle se ve obligado a mancillar cualquier cosa bella y pura que necesite para sus fines. Su impulso vital se torna demente, y sus acciones contra natura, más que su anómalo poder, son las que le convierten en un monstruo.

Sin embargo, el protagonista de El Perfume es una criatura exenta de responsabilidad moral ante sí misma. Mata, pero no es consciente de cometer malas acciones, lo único que importa es su objetivo final, la destilación del olor definitivo, y para conseguirlo cualquier cosa es buena. Si tras su primer asesinato, Jean-Baptiste reconoce haber actuado bajo un irresistible impulso y de manera torpe y burda, no es por haber matado a una bella muchacha que apenas había rozado la adolescencia, sino por haber destruído la fuente de un magnífico olor. Grenoiulle percibe toda la realidad en función de los olores, y de la necesidad de conservarlos deriva su impulso creativo.

Un especialista del mundo del perfume

Precisamente este modo de percibir el mundo que le rodea, combinado con las emociones que suscitan sus sensaciones, hace aún más maravilloso y difícil conseguir la verosimilitud de la que hace gala Süskind. Convertido en un especialista del mundo del perfume, suponemos que gracias a una exaustiva documentación, Patrick consigue completamente hacernos creer que realmente existe una persona como Grenouille en el mundo, y que su modo de ver la realidad es perfectamente comprensible, aún para quienes carecemos de su sentido olfativo.

Pero Süskind no se contenta con hacerlo. Captura de forma maravillosa la sensación de triunfo que se apodera del protagonista cuando comprende que domina completamente el mundo de los hombres a través de los olores, o cuando, al buscar la soledad más absoluta, logra por fin eliminar el olor de sus coetáneos de su vida, que le repugna completamente, para centrarse en el mundo natural.

Las sensaciones que transmite durante la orgía olfativa y las alucinaciones derivadas de la soledad absoluta son realmente magníficas. En pocas ocasiones un lector podrá encontrar tamaña maestría a la hora de escribir. El escritor no ahorra en descripciones repugnantes con el fin de conseguir el ambiente necesario para conseguir que el lector comprenda la forma de ver la realidad que tiene el protagonista.

La originalidad del tema ya hace a la novela interesante, pero Süskind acierta plenamente con la narrativa, mezcla de documental, novela humorística y fantástica al mismo tiempo muy realista y precisa. Compara a Grenouille con una garrapata agazapada esperando una oportunidad para medrar, soportando condiciones de vida adversas e imposibles de superar esperando un momento de bonanza para emerger de su pústula y lograr el éxito. Y precisamente, con el desarrollo de la novela, la magnífica capacidad de supervivencia de Grenouille, ya presente al principio, se hace patente a lo largo de toda la novela, tanto que el lector puede fácilmente interpretar que es poco menos que indestructible e invencible.

Creación de «El Perfume» perfecto

Pero Grenouille no solo persigue la creación del perfume más maravilloso del mundo, sino que en última instancia siente la necesidad de ser adorado por el resto de la humanidad, aunque solo mediante el dominio, a través de la perversión de los sentidos. Busca ser su dios, encumbrarse por encima de reyes, gobernadores e industriales de Francia, dominarlos mediante el olfato. Finalmente descubre como sublimar las pasiones más recónditas del ser humano y utilizarlas en su propio beneficio. Grenoiulle y sus objetivos evolucionan con el paso de las páginas de la novela, sorprendiendo en ocasiones al lector, que, en un acto de extraña complicidad, se imagina a sí mismo identificándose con el extraño modo perceptivo del protagonista.

¿Qué haríamos si nuestros sentidos interpretasen la realidad como hacen los de Grenouille? ¿Qué ocurriría si fuéramos individuos asociales, incapaces de comprender los conceptos abstractos por los que se rige nuestra sociedad, sin poder experimentar amistad, comprensión afectiva o empatía, salvo un pervertido sentido amoroso y de dominación que solo desemboca en la destrucción ajena y personal? Grenouille es un monstruo, pero no por elección, sino que actúa conforme a su anómalo punto de vista, está condicionado por ellos. Y sus obsesiones son el resultado de este punto de partida, que se eleva al paroxismo con el paso de los capítulos.

El Perfume es una gran e imprescindible novela

El Perfume es una gran e imprescindible novela, que nos ayuda a comprender los conceptos básicos de la sociedad, como nos relacionamos unos con otros, que buscamos en nosotros mismos y en los demás, y como nuestro carácter evoluciona condicionado por nuestras peculiaridades físicas y psíquicas. Es la historia de un asesino repugnante sin conciencia, pero también la de un ser asocial limitado por sus capacidades.

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