Política

Brutal rapapolvo a la "política del avestruz" del PP con la moción de censura

Se acabó la mascarada

José María Nieto Vigil

Profesor,Doctor en Filosofía y Letras,Licenciado en historia Antigua e Historia Medieval

21 de octubre de 2020 (23:02 CET)

Santiago Abascal
Santiago Abascal

Llegó el día. La moción de censura anunciada por Vox llegó al Congreso de los Diputados para ser debatida y votada. Todos los partidos representados en el hemiciclo quedarán retratados para la posteridad. El Diario de Sesiones de la Cámara será la prueba escrita de lo acaecido en la sede de la soberanía nacional. Nadie, absolutamente nadie, podrá cambiar ni una sola coma a lo defendido desde la tribuna. Lo recogido en los medios de comunicación es harina de otro costal. La tergiversación, adulteración y la manipulación de la opinión pública,  desde las terminales mediáticas de uno u otro color político, se pronunciarán con sus discursos teledirigidos, o desde la calle Génova, o desde el palacio de la Moncloa, pasando por Ferraz.

A mí no me han sorprendido los alegatos de los opositores a la iniciativa defendida por Santiago Abascal, todo lo contrario, me reafirman en mi creencia de que  la izquierda radical se rearma ideológicamente en sus postulados y políticas de la disolución de nuestra Patria. Pero ellos no llevaban la máscara de una  españolidad de la que reniegan, con la que no están cómodos. No van disfrazados de españoles, su transformismo es de otro tipo. Se presentan como los justicieros dentro de un sistema que niega, que arrebata y secuestra derechos sociales, libertades públicas y principios de elemental equidad y justicia. Son los salvadores de los desfavorecidos, desarraigados, desheredados y los humildes. Ellos, los que han sido incapaces de gestionar la crisis de la pandemia, los que están apercibidos por Europa de sus excesos de absolutismo gubernamental, los líderes europeos en las cifras del paro, vienen a dar lecciones de eficacia y diligencia en la acción de gobierno. No cabe duda, su descaro y falta de honestidad es paralela a su incapacidad y demagogia.  

Inés Arrimadas FOTO Europa Press

Desde que en aquel funesto 4 de enero se fraguara el pacto entre socialistas y comunistas, España ha iniciado una nueva edad oscura, una época de penumbras y miserias para millones de almas. Un camino de perdición y catástrofe es el que hemos recorrido, hasta el día de hoy, desde aquellos albores del nuevo año. ¿Cómo es posible en tan poco tiempo  destruir tanto?  El balance de estos diez meses es aterrador: deuda, déficit, destrucción de empleo, quiebra, cierre de empresas, en definitiva, un estado que cabalga desbocadamente hacia la bancarrota. Un estado deshecho, desecho y roto es la cuenta de resultados que resumen las incapacidades e irresponsabilidades de la bancada azul –qué contrariedad-, del ejecutivo social-comunista.  Pero lamento apuntarles que se avecinan tiempos peores, que no son simples apreciaciones o diagnósticos interesados, son valoraciones objetivas a la luz de los hechos comprobados, resultado de un análisis asentado en el rigor de la objetividad de los datos contrastados y constatados de todos los informes, serios y rigurosos, que se pueden manejar con una mínima fiabilidad.

Tres años de calvario y purgatorio nos restan hasta el final de la legislatura en curso. Un auténtico infierno, de dimensiones imposibles de poder describir, amenaza la disolución del estado de bienestar. La batería de iniciativas, decretos y leyes sectarias que se avecinan, sonoras y estridentes, se pueden equiparar al ruido endiablado y satánico que emitieran los “órganos de Stalin” cuando, con lenguas de fuego aterradoras, se disparaban contra las líneas enemigas.

Gabriel Rufián

Como decía anteriormente, esta tropa no me sorprende, menos aún sus aliados de pabellón corsario, era lo esperado. Sus ascendentes doctrinales, sus antecedentes políticos son su mejor carta de presentación. Cojan la historia, consulten las hemerotecas, lean a los clásicos del marxismo, allí está recogida su verdad. La revolución y un aroma antidemocrático es el tufo que despiden sus soflamas antisistema.  Nada nuevo sobre la faz de la Tierra. Las famélicas legiones no cesarán en aumentar sus efectivos, los parias damnificados por la pobreza colectiva no serán redimidos jamás por los maestros del engaño. No lo han hecho nunca ¿La Unión Soviética? ¿Cuba? ¿China? ¿Venezuela? ¿Nicaragua? ¿Corea del Norte? Puedo seguir enumerando los paraísos alcanzados por los acólitos de la Internacional.

Lo que si es novedad, aunque no sorpresa, es el posicionamiento del Partido Popular. Definitivamente se les ha caído la careta. Antesdeayer eran de derecha, ayer de centro derecha y  hoy, de centro. No me atrevo a pensar que serán mañana. ¿Reformistas? ¿Socialdemócratas? ¿Liberales? ¡¡Quién sabe!! Lo que no tiene un pase es que quieran despreciar a quienes, con arrojo y valentía, han hecho lo que ellos no han sido capaces de hacer, pedir responsabilidades al gobierno y presentar una alternativa de gobierno. Eso es lo que haría un verdadero partido de estado, con intereses nacionales por encima de réditos partidistas. Pablo Casado se ha equivocado, ha incendiado los puertos partida y, de forma imprudente, ha agotado los  caladeros de captura del voto de la derecha, ha entrado en aguas turbias, aguas negras, sin viento a favor. Los populares –cada vez menos populares-, han perdido la ocasión de liderar a la oposición y, además, han hecho estallar por los aires cualquier acercamiento electoral posible. ¡¡¡Qué poca visión de los acontecimientos!!!  Los analistas y asesores genoveses siempre han adolecido, también ahora,  de olfato, visión, oído, paladar y sensibilidad política.  Parece como si el horizonte hacia el que dirigieran sus posiciones no fueran otros que un abismo insondable,  un despeñadero  pronunciado y un precipicio profundo, presagio de un desastre con más pena que gloria.

Santiago Abascal ha hecho lo que debía. No era una cuestión de aritmética parlamentaria, como dirían los horteras del sistema partidocrático. Era una exigencia legal y legítima. El artículo 113 de la Constitución Española, referido al Título IV en relación al gobierno y la administración, en sus cuatro párrafos reconoce la legalidad de la iniciativa. Aunque a muchos les moleste, legal por tanto y  no hay nada que objetar al respecto. Pero es que además es legítima, pues nace a instancias de la propuesta parlamentaria de un partido que representa a millones de españoles. Legal, legítima y responsable, por coherente y honesta. España se desangra, económica y humanamente, que es más importante. Es intolerable e inadmisible la aquiescencia de los indolentes, el asentimiento de los silenciosos, o la anuencia de los cómplices. La gravedad extrema en la que nos encontramos requiere acción, una intervención inmediata y un posicionamiento claro, que huya de la ambigüedad y del derrotismo endémico de una oposición acomplejada y timorata.

Así pues, la política del avestruz popular no es la respuesta,  tampoco la huida a ninguna parte. Contemplar los dramas impávidos e indiferentes no es lo que espera el maltratado ciudadano. Los españoles, necesitamos tener esperanza, ilusión y fe en una certeza. Esa verdad y certeza incuestionable e incontestable es España, nuestro puerto de salida y nuestro puerto de llegada.

 

         

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